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Published: January 18, 2008
A poco menos de un año de las elecciones presidenciales, algo es casi seguro: los republicanos perderán el voto hispano por margen de casi dos a uno. Y, a mi juicio, habrán merecido perderlo.
Los republicanos han llegado a esta situación siguiendo un rumbo irracional. A partir de los 90, especialmente en California bajo el gobernador Pete Wilson, el Partido Republicano empezó a capitalizar el sentimiento antiinmigrante.
En 1996, el senador Bob Dole, entonces candidato presidencial republicano, apoyó una plataforma que incluía imponer el "English Only", restringir las prestaciones sociales para los inmigrantes legales, y –algo irónico para el Partido de Lincoln- eliminar la 14ª enmienda constitucional que desde el fin de la Guerra Civil decretó que todos los nacidos en nuestro suelo son ciudadanos estadounidenses. Como resultado, en 1996, el presidente Bill Clinton logró entre el 65% y el 75% del voto hispanos.
Luego, en el 2000, los republicanos tuvieron una oportunidad. Recordando el desastre de 1996, el entonces gobernador George W. Bush acalló al ala de Pete Wilson. Surgió así un elemento nuevo y una combinación de retórica compasiva con valores culturales conservadores permitió a la boleta Bush/Cheney conquistar entre el 35% y el 50% del voto hispano.
Pero después la economía decayó y se produjo una rebelión derechista-populista en las filas republicanas. Súbitamente, se empezaron a exigir restricciones a la inmigración con una fuerza que no se había hecho sentir en una década. El presidente Bush, quien respaldaba una reforma migratoria de sentido común, tuvo que encarar esta rebelión.
Todo lo cual nos trae al día de hoy.
Siguiendo los debates de los precandidatos presidenciales republicanos, veo cómo tratan de congraciarse con el espíritu nativista y prejuiciado hacia los hispanos. La distinción entre seguridad fronteriza y la ansiedad cultural porque hay "demasiados mexicanos" se desvanece entre muchos de los activistas conservadores.
Los medios informativos derechistas repiten esta línea como cotorras. Cada vez que un indocumentado comete un asesinato o cruza una calle indebidamente, Bill O'Reilly o Lou
Dobbs salen a decir cómo estos ilegales están destruyendo al país y sus valores.
Pero un partido político no puede alienarse a tanta gente, y un Partido Republicano erigido sobre una coalición de los votantes más acaudalados y más culturalmente enajenados no es un partido listo para conquistar y liderar a una sociedad pluralista como la nuestra.
Los republicanos, con su estrategia sureña, ya se han alienado a los afroamericanos a tal punto, que entre el 90% y el 95% de ellos votan por los demócratas. Al alienarse a los hispanos, los republicanos tendrán entre un 30% y 35% del electorado dispuesto a votar contra un partido que los ha alejado intencionalmente.
No digo esto con ánimo partidista; hablo como alguien que considera que la política de guerra cultural no conduce a nada. Y aunque como demócrata me gustaría que los republicanos siguieran perdiendo votos hispanos y toda clase de votos, no me gusta que pierdan de una manera que divida a nuestra nación.
Los indocumentados se han vuelto para ellos un gigantesco estereotipo que se agita en las elecciones, amenazando supuestamente con adueñarse de los empleos, del progreso, la seguridad y la condición social de la mayoría.
Este tipo de estrategia hará fracasar a los republicanos. Si el Partido Republicano enfatizara una agenda social razonablemente conservadora en valores como la familia, la fe y las oportunidades, además de un plan económico centrado en la responsabilidad personal, lograría atraer a los hispanos. Del otro lado, me molesta a menudo la tendencia demócrata a contemplar a los hispanos como un grupo étnico más, factible de ser comprado con concesiones políticas.
Preferiría que los políticos me trataran simplemente como a un votante, y no un estereotipo. Pero no quiero que un partido político carente de nuevas ideas haga de los hispanos, que somos gente decente, patriótica y creyente en Dios, un chivo expiatorio.
Luis Viera es un abogado cubano-estadounidense residente en Tampa
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